¿Cómo funcionan las adicciones? El sistema de recompensas

El de las adicciones suele ser un tema complejo. Hay muchísimos factores en juego, que contribuyen a que una persona desarrolle una adicción. Entre todos ellos, en este artículo hablaré del sistema de recompensas.

No nos engañemos. Los seres humanos hacemos las cosas por alguna razón. Puede no ser consciente o fácil de verbalizar en ciertos momentos, pero siempre sacamos un beneficio de cualquier acción que llevamos a cabo, seamos conscientes de ello o no. Nuestro sistema nervioso siempre es consciente de ello.

Simplificándolo mucho, hacemos las cosas porque nos producen algún tipo de placer. Bueno, las cosas no dan placer realmente. Nuestro sistema nervioso se excita con ciertos estímulos o situaciones, nuestro cerebro recibe señales, y nosotros podemos experimentarlo con sensaciones más o menos agradables o desagradables.

El sistema nervioso se encarga de registrar qué nos produce placer y qué no, qué experimentamos como agradable y qué no, y nos influencia para que hagamos más de esto o de aquello.

Es una cuestión de supervivencia. Hace 70.000 años, cuando nuestros antepasados cazadores-recolectores conseguían cazar algún gran mamífero con abundancia de carne para nosotros y el resto de la tribu, nuestro cerebro lo registraba como «bueno», las acciones llevadas a cabo para cazar ese animal traían beneficios a muchos niveles. Por tanto, nuestro sistema nervioso tomaba nota y «esto hay que hacerlo más a menudo: nos mantiene con vida».

El sistema de recompensas es  clave para comprender los procesos de aprendizaje, cómo tomamos decisiones y cómo creamos hábitos. Para mejor y para peor.

¿Cómo funciona el sistema de recompensas?

El sistema de recompensa es un conjunto de mecanismos realizados por nuestro encéfalo y que permite que asociemos ciertas actividades o situaciones a una sensación de placer. De este modo, a partir de esos aprendizajes tenderemos a intentar que en el futuro las situaciones que han generado esa experiencia vuelvan a producirse.

Su función es conseguir que, hagamos lo que hagamos, y por muy variadas que puedan ser nuestras acciones y opciones de comportamiento, siempre tengamos como referencia una brújula que apunte de manera consistente hacia ciertas fuentes de motivación, en vez de hacia cualquier lugar. Este sistema se activa frente a un estímulo externo y envía señales mediante conexiones neuronales, generando que el cerebro libere los neurotransmisores responsables y asociados a las sensaciones placenteras: la dopamina y la oxitocina.

El sistema de recompensa permite asegurar nuestra existencia, a la vez que podemos elegir entre diversas opciones de acción y no tenemos que ceñirnos a conductas automáticas y estereotipadas determinadas por nuestros genes (algo que ocurre, por ejemplo, en las hormigas y en los insectos en general).

Sin embargo, esta posibilidad de dejarnos un margen de maniobra a la hora de poder elegir lo que vamos a hacer también tiene un riesgo llamado adicción. Acciones que en un principio son voluntarias y totalmente controladas, como la elección de probar una sustancia, pueden pasar a ser la única opción que nos quede si nos volvemos personas adictas.

Responde ante diferentes conductas, generando una sensación de placer a nivel cerebral, por lo que se convierte en el responsable de que la persona aprenda esa conducta para luego repetirla, asociándola a la sensación placentera generada por el cerebro.

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