▷ Prohibir las drogas no funciona. ¿Qué alternativas existen?

Los seres humanos llevan miles de años tomando drogas, con diferentes fines: pero entre comprar drogas en el supermercado a hacerlo en el mercado negro, hay todo un mundo.

Ya compramos drogas en el supermercado o en la tienda: el alcohol y el tabaco.

Cuando se habla de lo perjudicial que son estas sustancias (legales), surge el antiguo debate, con opiniones polarizadas

“Hay que prohibir todas las drogas” o “hay que legalizar todas las drogas”

El de las drogas es un asunto muy complejo. Sin embargo, parece que existen alternativas mucho más sensatas y efectivas que cualquiera de las anteriores.

Ya se ha escrito mucho sobre los resultados de la extrema postura prohibicionista de muchos países, y de los malos resultados que da la ya perdida guerra contra las drogas

Cuanto más estricta es la prohibición, más daños sociales y de salud causa. Pero con la legalización también se incrementan los daños sociales y de salud, son algunos de los resultados directos de incentivar el consumo en un mercado libre. En ambos escenarios hay gente lucrándose: o los traficantes del mercado negro, o las empresas que producen y comercializan las sustancias.

Hacia la reducción de daños

A lo largo de las últimas décadas, muchos países europeos y de América Latina se tomaron muy en serio las políticas de reducción de daños, poniendo más énfasis en el consumo de drogas como un problema de salud pública en lugar de como un delito criminal.

La despenalización del consumo de drogas no debe confundirse nunca con la apología de las drogas. 

Al contrario, siempre se busca un bien mayor, y dar una mejor asistencia a las personas que están experimentando problemas, así como invertir más recursos a campañas y esfuerzos de prevención.

Importante es el ejemplo despenalización del consumo de drogas en Portugal, que hace unos años dio un paso adelante despenalizando la posesión y consumo de muchas sustancias, a la vez que invertía más en las campañas de información y prevención, así como en la asistencia sanitaria y tratamiento de las personas que desarrollaban un consumo problemático y una adicción.

Con el tiempo, el consumo de muchas sustancias en Portugal disminuyó, además se reducirse el consumo entre jóvenes.

Algo muy parecido ocurrió en los Países Bajos cuando se legalizó y reguló la producción, distribución y consumo del cannabis (mediante los famosos Coffee Shops). 

Al descriminalizar la posesión de drogas, el consumo perdió mucho interés entre jóvenes y ciudadanos en general. Entre holandeses, el consumo de cannabis es mínimo y casi marginal, lo consideran más una cosa de consumo muy esporádico, o básicamente “para turistas”.

Y recordemos que las drogas no siempre han sido ilegales. Es más, hasta hace unas décadas, se vendía de forma legal en farmacias y supermercados. Por ejemplo, la Coca-Cola original contenía cocaína (de ahí el nombre).

Pero los consumos descontrolados que se dieron a principios del siglo XX fueron la llama que avivó el discurso prohibicionista en muchos países, resultando en muchas de las leyes que tenemos en la actualidad a nivel internacional.

Los problemas se vuelven realmente graves cuando los consumos intensivos se dan entre la población empobrecida o marginal. 

Sin embargo, el consumo de drogas se ha ido normalizando también entre la población general, sobre todo entre jóvenes, quedando el perfil de consumidor muy lejos del perfil marginal y extremo que se caracteriza en el cine o en muchos medios de comunicación.

¿Qué preguntas surgen al plantear alternativas a la prohibición?

¿Cuál debe ser el estatus legal y político de las diferentes sustancias? ¿Pueden la marihuana o la cocaína adquirir un estatus parecido al del tabaco, el alcohol o la metadona? ¿Cómo podemos regular el comercio internacional para evitar catástrofes a nivel social? ¿Qué problemas solucionaría la legalización? ¿Y qué problemas agravaría? 

Y muchísimas más preguntas que se les estarán ocurriendo a los lectores.

Entre expertos en el tema (Prohibición, despenalización, legalización. Tres modelos en el control jurídico y político de las drogas ilegales, Juan F. Gamella, Universidad de Granada), se distinguen tres grandes puntos de vista en relación al estatus legal del comercio y consumo de las drogas ilegales:

1. Prohibición de las drogas

El objetivo de una opción prohibitiva es disuadir del consumo y reducir la oferta hasta erradicar todo consumo ilegítimo. El único uso legítimo sería el uso médico y a bastantes de las drogas ilegales no se les reconoce ningún uso legítimo. Todo consumo particular es entonces considerado abuso (aunque sea por ocio y a niveles controlados).

El prohibicionismo promete una sociedad más saludable. Se le niega al pueblo la oportunidad de consumir drogas, y por tanto, de volverse adictos. Si no hay oferta, no hay demanda.

Sin embargo, la realidad no suele ser así. La demanda nunca llega a desaparecer, al contrario, incluso aumenta. Y mientras haya demanda, siempre habrá oferta.

Otro problema de la prohibición absoluta es que no hay ningún control de calidad. Cuando las drogas son ilícitas, el gobierno no puede establecer ningún control de calidad, pureza o potencia. 

En consecuencia, las drogas “de la calle” suelen estar muy contaminadas y ser muy potentes (altas concentraciones del principio activo), por lo que hay más probabilidades de sobredosis o problemas derivados.

Además, muchos expertos critican que se podría invertir más dinero en educación sobre drogas, programas preventivos y tratamientos.

Por último, una gran parte de las personas cuya conducta regulan esas leyes las consideran injustas. La transgresión de la norma, no se vive a menudo como un error, sino como una reivindicación moral y política (recordemos los años 60 y 70). Lo que provoca más intentos de violación de la norma.

2. Despenalizar / descriminalizar las drogas

Esta postura parte de la base de que “el uso de drogas es universal en la historia de la humanidad”, y por tanto, no es realista intentar eliminar su uso por completo, al considerarlo un impulso humano básico.

Como nos ha demostrado la experiencia, si alguien desea consumir, seguirá consumiendo. Aunque haya posibles consecuencias legales, encontrará la manera de suministrarse.

Este enfoque pasa por aceptar la inevitabilidad del consumo y dedicar esfuerzos a que se realice en las mejores condiciones y circunstancias posibles. En este modelo se entiende que hay que establecer una separación entre el sector de la oferta y demanda, entre el tráfico y el consumo. 

Por otro lado, el sistema penal y policial distingue entre unas drogas y otras según la peligrosidad que atribuye a su consumo. Esta orientación pragmática anima los programas de sustitución de las drogas deseadas (por los consumidores que han desarrollado dependencia) por otras que ofrecen ventajas respecto al control social o a la forma de administración, como ocurre con la metadona respecto a la heroína (terapia de sustitución).

Se han observado los beneficios de una política de descriminalización, como por ejemplo en Portugal, cuyo parlamento aprobó en 2001 una ley por la que dejaba de constituir delito la adquisición y posesión de drogas para el consumo propio. 

Esta regulación parece haber favorecido las políticas y programas de reducción de daños, permitido dirigir esfuerzos y recursos hacia la prevención y una aparente reducción del consumo de casi todas las drogas ilegales. Sobre todo en lo que concierne al inicio en el consumo por los adolescentes, que recordemos suelen ser la población más vulnerable al consumo de casi cualquier sustancia.

3. Legalizar las drogas

Existe una tercera opción (que no se ha aplicado en ningún lugar en cuanto a la cocaína y la heroína).

En cualquier lugar, casi siempre existe un control social del uso de drogas, que suele mantenerlo dentro de unos límites culturales aceptados. Ese control social es informal y se basa en la costumbre y la sanción del entorno social inmediato, y en un complejo de normas que pautan el consumo (muchas de ellas inexpresadas e incluso inconscientes). 

Toda sociedad cuenta con sus regímenes reguladores “informales” o culturales, y es esencial como sistema de control social.

Los que abogan por la legalización esperan que estos mecanismos sociales de sanción ayuden a regular los consumos (con el tiempo, después de los esperados picos del principio). 

Aunque en ellos juegan un papel decisivo aspectos que no son nada fáciles de controlar, como las modas y ciclos económicos.

Conclusiones

Tanto prohibicionistas como legalizadores tienen una desmedida fe en la capacidad de la ley para transformar la realidad social

Esto es casi una enfermedad política en muchos países, donde suele responderse a los problemas sociales con leyes que (solo sobre el papel) parecen magníficas pero que suelen estancarse en su aplicación, debido a la falta de recursos o la inadaptación a las dinámicas sociales sobre las que inciden. Es decir, leyes no adaptadas al contexto real y a su historia.

La importancia de la ley es indudable, pero la aplicación puede toparse con muchos obstáculos inesperados, según el contexto social en que se aplique.

Abundando en lo mismo, es dudoso que un cambio legal, por sí solo, invierta el sentido de una crisis de drogas (como nos ha demostrado la historia en repetidas ocasiones). 

La categoría “droga” es una categoría más moral y simbólica que química o farmacológica. En realidad hay muchas sustancias psicoactivas de distinta naturaleza y cuya peligrosidad es casi siempre inseparable de cómo se presenten y se utilicen (para qué, por quién y en qué contexto cultural)

¿Habrá mayor disponibilidad de drogas una vez se anule la prohibición? Es difícil imaginar que las drogas sean más accesibles de lo que son ya hoy en día. A pesar de los esfuerzos para limitarlas, las drogas son accesibles a quien quiere tenerlas. 

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